EL ÁRBOL QUE CAMINA Y EL JAZMÍN DE MI VENTANA

En el viaje de regreso, repasando recuerdos, reviví su espectacular presencia en el parque de Los Ahorcados del barrio residencial de Miramar, en el que vivía la gente rica. Lo sé porque papá, muy temprano en la mañana, entraba en las cocinas de esas mansiones a dejar el pan caliente para el desayuno de sus inquilinos. Por eso él conocía todas las historias y rincones del gran barrio, incluido aquel parque, donde permanece “el árbol que camina”.

            En el taxi del aeropuerto a casa solicité al taxista una parada ante el gran Jagüey del parque. Todos los de allí le conocen aunque no es el único. Pero el de mis recuerdos, el de mi extraviada fotografía en brazos de papá mientras nos balanceamos colgados de sus raíces, ese es el más famoso.

Le llamamos el árbol «que camina» por las raíces que crecen desde las ramas hacia la tierra y que, abrazándose entre sí, se convierten en delgados troncos. Cuando vuelves a visitarlo tras pasar algún tiempo tienes la sensación de que ha avanzado, desplazándose desde su lugar original. Me sentí feliz al comprobar que sigue allí, bello, fuerte y bien cuidado.

Al llegar a casa, a pesar de la alegría que supone el reencuentro familiar después de dieciocho años, sentí tristeza al comprobar que no estaba la enredadera de jazmín que llegaba a mi ventana. Dormía cada noche con su aroma. Tanto la echo de menos que me esfuerzo por encontrarla aquí, y aunque parecen iguales, ninguna tiene la fragancia de mis recuerdos. Necesitaba muy pocos cuidados, le encantaba el sol y yo le proporcionaba el agua desde mi ventana. Sus flores de estrellas eran casi perennes. Estuvo siempre, años y años. Cuando me fui la dejé perfectamente. Mi ilusión por sentir su encanto se desvaneció. Era mi arbolito y esa noche no pude dormir.

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