ILUSIÓN DE ENCIERRO

FINALISTA – Premio Testimonios, Vivencias, Reflexiones e Imágenes en tiempos del COVID-19 / Ecuador, Tenerife, Málaga y Roma

Los primeros días de encierro fueron de sorpresa, enfado y desconcierto. El bombardeo de noticias me obligó, como a todos, a enterarme del horror de lo que pasaba en la calle, en los hospitales y hasta en los hogares. El virus que se expande. Quédate en casa. 

Así me dije que soy afortunada, prometiéndome un encierro tranquilo sin desesperarme. Pasados unos días, había interiorizado la nueva situación, adquirido cierta estabilidad e intentaba seguir una estrenada rutina.

Primero dormía muchas horas, hasta que yo misma me conecté en modo limpieza igual que la mayoría de los encerrados. Manos a la obra a organizar armarios, tirar cosas viejas y «limpiar a fondo» como dicen las señoras de aquel pueblo donde viví algunos años. 

Las cuatro plantas de la solana sonrieron a la vida. Hacía mucho tiempo crecían a la buena de Dios entre el abandono y la poca agua recibida. Tarareando algunas canciones les pasé la mano y volvimos a ser amigas.

Después le llegó el momento al deporte. Como el encierro seguía y ni caminar podíamos, decidí recuperar pesas, cintas, banco y, sobre todo, me anoté fiel seguidora de un monitor de ejercicios cardiovasculares con quien entreno ahora cada día a través del móvil. 

Las tardes después de comer sí que se han hecho un poco complicadas. Leo bastante más que antes, he descubierto nuevos autores y ahora les sigo. Pero ese es el espacio en el que se cuelan los recuerdos, llegando a conocer la desidia que he tenido que torear y controlar. He pensado en mis padres, en los hombres de mi vida, las mujeres de mi vida y algunas veces en eso, me ha pillado la hora de los aplausos a los que nos cuidan. Esos tiempos muertos en que no me ha quedado otra que afrontar las dificultades de estar sola, he tomado conciencia obligada de lo tan trágico que nos ocurre. 

Me pregunto cuando pasen diez o quince años, cómo explicaré a mis nietos lo del virus del dos mil veinte. Los niños querrán entender cuando nos escuchen referirnos a eso de «la vida antes de la pandemia» 

Ahora mismo no hay un día en que no me arrasen las enormes ganas que tengo de quedar a comer con mis amigos íntimos. Luego un café o una copa. Así hasta darnos cuenta de que el tiempo se nos ha venido encima. Entonces empatar una cena muy ligera y apurada, que es hora de volver a casa.

Con tantas noticias, pronto me di cuenta de que mientras más muertes, más me encierro, pues siento miedo, hasta que llega el llanto y el dolor del cuerpo porque no tengo abrazos. Comprendí que sin ellos me apago, que necesito sentirme rodeada de brazos que me acogen y me aprietan. Esos en que nos quedamos unos segundos ahí, respirando y soñando hasta que el abrazado, alguna vez, responde por lo bajo al oído, «yo también» al escuchar mi «te quiero».  

Repasando acerca de los apretones, entré en bucle al preguntarme: «¿Y los besos? ¿Qué será de los besos? ¿Tendré que aferrarme a los recibidos? ¿Tendremos todos que conformarnos con los ya dados? ¿Cómo haremos para demostrar nuestros afectos desde la distancia de dos metros? ¿Habrá que aprender tal cual niños a expresar el querer?».

En esta ruina de reflexiones, hace un par de semanas oí que algo golpeaba el cristal de la puerta de la terraza.  Sonaba como si fuese una piedrita y al rato, otra, y otras. Decidí salir a enterarme. Descubrí al chico de la terraza contigua que me recibió con una linda sonrisa y de inmediato me dijo «¡bienvenida vecina, tenemos una cita!»

Con esta acogida tan inesperada y simpática, me arrancó la sonrisa, así que desde el minuto uno quedé enganchada a su locuacidad. Al principio me sorprendió su alegría manifiesta, que me duró poco tiempo, porque arrancó hablar y contarme cosas que pasan en el edificio de enfrente, y ante mi expresión de sorpresa y algo de reproche, me refirió lo que él piensa de estos tiempos. 

Dice que la sociedad está tan concentrada en la pandemia, que las preocupaciones giran alrededor de este único tema por excelencia. Que si no queremos caer en bucle andando hacia el desequilibrio emocional, entonces hay que conducirse por la otra carretera; agarrar el volante con fuerza, usar el cinturón de seguridad, y ¡a cometer algunas infracciones menores si es necesario! Dijo textual: «Total, esas no se investigan en estos tiempos». 

—A cada día hay que darle la posibilidad de ser el mejor de tu vida. Eso te lo tienes que currar tu misma. Así que te invito a que te conduzcas conmigo por nuestro vecindario. No creo que nadie se enfade porque hagamos amigos con un poco de espionaje inocente, y de paso, nos echemos unas risas mientras nos tomamos un vino.

De esta manera es que he conocido a mi vecino. Esta ha sido su carta de presentación y estamos disfrutando mucho. Hemos estado hablando de lo increíble que es que vivamos puerta con puerta, y solo nos habíamos saludado un par de veces en el ascensor. 

Ahora nos hemos hecho inseparables. Pasamos juntos mucho tiempo, cada uno en su terraza, de la que él ha tenido que quitar algunas de sus plantas, porque se nos atravesaban en el campo visual.

Mi vecino es muy simpático. Es un tipo feliz que sonríe mucho y me anima, dice que de llorar nada, que las lágrimas se reservan para cuando a uno le sorprenda la emoción, que la vida es un regalo que hay que aprovechar a tope y basta con despertar y a ver qué pasa.

Cada día entrenamos juntos con el monitor de cardiovasculares, ponemos música, bailamos y comentamos cuanto leemos. 

Me contó que, por su trabajo de espionaje vecinal hecho antes de conocerme, ha descubierto que justo en el piso de enfrente, viven una pareja de jóvenes. Ahora también yo colaboro en sus pesquisas del barrio y hemos concluido, que los chicos deben estar en plan teletrabajo, porque cumplen un horario estricto frente al ordenador como si ficharan. Vemos a través de unas finas cortinas que a media tarde ya se acomodan, suponemos que, frente a la televisión, porque conseguimos verlos con mandos como jugando, riendo y escandalizando. Hace días atrás fue tanto el entusiasmo de ellos en su juego, que nos pusimos en pie aplaudiendo y vitoreando, hasta que conseguimos que se asomaran. Nos presentamos y hablamos.

Lo de la charla desde las terrazas es la nueva modalidad de comunicación, pues teniendo en cuenta lo que nos ocurre, es lo más recurrente en la actualidad. Es una suerte que solo hay por medio una calle estrecha.

Desde nuestro mirador también ya conocemos a la pareja del piso contiguo al de los chicos. Ellos salen a la terraza a bailar como esos que se ven en los partes de la tele. Nos han contado que llevan juntos cuarenta y dos años. Tienen tres hijos y cuatro nietos y se ven cada día por videoconferencia. Ella se burla de su marido porque dice que no se da cuenta y pretende tocar a los niños a través de la pantalla, que a la nena pequeña le da la risa con el abuelo. Son entrañables.

Mi vecino y yo hemos estado conversando en privado, acerca de lo diferente que son las personas cuando las tratamos. Él opina que, con el cruce mágico de palabras, casi siempre se rompen nuestros esquemas, porque en general, cambiamos la impresión que teníamos sobre tal o cual persona. Entonces reflexionamos que lo que nos pasa, es que, entre otras cosas, erróneamente nos dejamos llevar mucho por las apariencias. 

Lo del vecino me ha resultado un descubrimiento. Con todo, al final estoy viviendo un momento mágico. ¡Cuánto hablamos! 

Cuando agarramos un tema que nos interesa y nos gusta, coincidamos o no en nuestras opiniones, cogemos carrerilla y, de pronto, nos enrollamos en unas parrafadas infinitas. ¡Pasamos las horas de una manera tan agradable…! Yendo o no por el camino correcto, nosotros creemos que estamos arreglando el mundo. 

También quedamos a las nueve de la noche para cenar. Cada uno en su terraza con nuestras bandejas. Solo compartimos el vino. Ya estamos haciendo planes para cuando se inicie la salida de las casas.

Los señores de enfrente nos han dicho que se alegran que nos conociéramos, porque ahora, con estas tertulias a gritos, todos nos hacemos compañía. Cuán curioso: reunión de gente desde tres terrazas con una calle por el medio.

Pero el resultado es que, desde hace días, he dejado de sentirme sola. Me faltan horas para conversar con mi nuevo amigo. No deja de insistir en que no me organice nada que comprometa mi mañana, porque nuestro siguiente día ya está planificado.

Hace un par de jornadas están anunciando, que pronto viene «la desescalada» para salir de casa y volver a «la nueva normalidad».

Anoche cenando le he comentado las noticias de la nueva situación, porque tendremos que reeducarnos: que si mascarillas obligatorias, distancia de seguridad, normas de los negocios, en fin, que la sociedad se tendrá que organizar para dirigirnos hacia la reiniciada realidad. Digo que los que hemos sobrevivido a esta guerra, seguro quedamos heridos de alguna forma. Y me pregunto «¿qué descubriremos?». 

Entonces, me he dado cuenta de sus lágrimas porque se ha roto al decirme, que él no soportará respetar dos metros de distancia entre nosotros.

 

Hola ¿Sobre qué tema charlamos?