La Habana que yo vi

la habana que yo vi

“Habana, hermosa Habana, lindo es tu prado, lindas son tus calles, bello es tu mar…” me llega de fondo esa música desde algún lugar cercano de esta ruidosa ciudad.

Estoy en el parque John Lennon sentada junto a su estatua, que fue la primera y única en el mundo durante algún tiempo, en celebración de la “oculta” Beatlemanía cubana. Aún no ha pasado por aquí Aleida. Me cuentan que es la señora que cuida de John viniendo cada día a ponerle sus gafas. Sin embargo, hoy sí que lleva su mascarilla.

Ayer caminé varias horas por el entresijo de calles de la Habana Vieja, vi que se cumplía con creces lo que se ha publicitado de este colorido centro habanero. Ciertamente, allí abundan los colores alegres, mezclados con pinturas de autores de muchas partes del mundo. Se respiran exquisitos olores de comida, saliendo de hogares y restaurantes que atraen a los transeúntes a saborear sus menús al compás de sones. Se escucha el chancleteo de gentes que se mueven de aquí para allá, sin llegar a ninguna parte.

Cuando llegue a mi destino no quiero contar a mis amigos los típicos clichés turísticos de esta ciudad, contaré con lo que me he quedado de verdad:

El atardecer de la ciudad de La Habana, melancólica, gris y dolorida, pero inevitablemente bella.

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